Index . a nutrir paisaje protegido mirando por:

Cap I

Ecología de ecosistemas e hidrología urbana . 20 preguntas

confesiones . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 . 9 . 10 . 11 . 12 . 13 . 14 . 15 . 16 .

Dinámica horizontal en humedales: esteros, bañados, meandros, cordones litorales . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 . 9 . 10 . 11 .

Cap II

Patrimonios en ámbitos rurales, confesiones .

17 . 18 . 19 . 20 . 21 . 22 . 23 . 24 . 25 . 26 . 27 . 28 . 29 . 30 . 38 . 39 .

El paisaje construído en Al Maitén . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 .

Cap III

Paisajes culturales . 31 . 32 . 33 . 34 . 35 . 36 . 37 .

Cap IV

El timón 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 . 9 . 10 . 11 . 12 . 13 .

Cap V

Leyes particulares . introito . 0 . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 . 9 . 10 . 11 . 12 . 13 . 14 . 15 . 16 . 17 . 18 . 19 . 20 . 21 . 22 . 23 . 24 . 25 . 26 . 27 . 28 . 29 . 30 . 31 . 32 . 33 . 34 . 35 . 36 . 37 . 38 . 39 . 40 .

Cap VI

Paisajes interiores

Inmanencias . 1 . 2 . . La viga de cruce . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . . Joaquín Lera . . jubileo . . creación . . intangibles . . Carlos Lohlé . . Guillermo Roux . . César Pelli .

 

Aide, eidos, aidego

En aide y aidego, ambas en vasco pariente y parentesco, ya lo han hecho.

En “eidos”, el correlato homérico, también apuntaba al parentesco.

Dos siglos más tarde ya había descendido al “parecido”. Para en el siglo V a.C. ser tan sólo “idea”.

¿Qué licuación de identidades trae el olvido consigo que se afirma como ley primera?

Que la alteridad de la razón vincular necesita abrirse paso a costa del olvido de la razón parental.

Que para ganar el viento en seducción, nos reviste del “yo”, de mismidad, del amor al “uno mismo”, de “autocertidumbre”, de “personalidad”; a costa de amor propio profundo con que ya al nacer brotamos en silencio revestidos.

Esa ley del “nada se pierde, todo se transforma” resulta obvia cuando razón parental y razón vincular rescatan en aprecios cercanía. Bastante, empero, amenaza perderse cuando estas razones luchan y divorcian.

Aquí tallan, aun desde supuesto olvido, ocultas las arcas.

Que más allá y más acá del viento, las raíces y las savias, aunque siempre ocultas, sostienen en esfuerzo permanente guardia.

Ver video al final de este html, de 5 minutos extraídos del de 2 hs sobre prospectivas del devenir mediterráneo de Buenos Aires

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Hace un par de décadas comencé a vivenciar al tiempo que me desestructuraba, la patencia de campos ancestrales de mis seres queridos revelándose como el rostro familiar de Dios. Algo así como nuestro relativo absoluto.

Sentía que al descubrirme en ellos, de ellos me alcanzaba la compasión por tantas debilidades que llevo en mi mochila; a la par que el consuelo y el ánimo para sobrellevar dificultades extremas.

Sin duda ellos conocieron los mismos arquetipos varias veces milenarios de nuestra cultura y buen provecho obtuvieron de ellos.

Menudos esfuerzos habrán hecho en estos 4 pueblitos: Amorebieta, Lemona, Yurre y Dima, para criar familias tan numerosas.

A mí me ha tocado en suerte, dada mi locura, sentir en mi inconciente, en mis sueños, en mis deseos, en mis azares, como el de hoy, sentir repito, que ellos son mis arquetipos personales, y que he vivido más que una buena parte de mi vida de eso que hace años llamo: su capital de gracias.

Me han permitido festejar en este hermoso pedazo de llanura pampeana, esta ilusión impensable para poner en mis obras.
Y así redoblando mi identidad, descubro la de ellos.

Nunca discerní sobre estos caminos en que la vida me puso, antes de descubrirme ya en ellos. Por tanto no intento desarrollar un teorema sobre la identidad humana y divina, sino agradecerles a ellos que me lo descubrieron, y en el largo trayecto de todos estos años me lo fueron siempre regalando.

Y a Uds. que son mi familia.
Sin cuyo afecto y recuerdos no hubiera retomado tozudamente mi identidad.

Hace unos pocos años dejé de festejar con Uds. el encuentro familiar que a todos nos reunía. Los vientos de los distintos espíritus familiares no lograban conciliar abundancia de celos y recelos (supongo ancestrales) reflejados en nuestras existencias.

No espero ésto vaya a resolverse en los próximos meses.
Pero si deseo al menos invitarlos antes del fin del milenio, a reunirse con todas las hebras familiares y amicales más queridas, para brindar por los eros y misterios de la vida familiar y amical, que sin dudas atesora la savia del árbol de la vida.

Si bien este árbol como simbolización de los campos metafísicos que atesora la vida familiar, sólo en los momentos de mayor dolor o emoción se suscitan o develan; al celebrar los 50 años de la muerte de nuestro abuelo Sebastián, me viene a la memoria la misma celebración que cupo entonces a un sacrificado compatriota sanjuanino.

En esa oportunidad, de éste, nuestro árbol tan particular, así expresaban:

Tu que pasas y levantas contra mi Tu brazo, antes de hacerme daño mírame bien.

Soy el calor de Tu hogar en las largas y frías noches de invierno.

Soy la sombra amiga que te protege de los rigores del sol.

Mis frutos sacian Tu hambre y calman Tu sed.

Soy la viga que soporta el techo de Tu casa; la tabla de que está hecha Tu mesa, y la cama en que duermes y descansas.

Soy el mango de tus útiles de trabajo y la puerta de Tu hogar

Cuando naces Tu cuna es de mi madera,
y cuando mueras Tu ataúd lo será también,
y te acompañaré al seno de la tierra.

Soy paño de bondad y flor de belleza.
Si me amas como merezco, defiéndeme de los insensatos.

Hazme respetar: soy Tu árbol.

Homenaje recordatorio de los 50 años de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento grabado en el bronce, al pie de la gran magnolia, en el cruce de las calle Viamonte y Libertad.

Recogidos del libro Aide, Eidos, Aidego, cuya versión pdf aquí acerco, estos textos se comenzaron a redactar a fines del año 1998, para aportar en Mayo de 1999, recuerdo conmemorativo al cincuentenario del fallecimiento de nuestro abuelo Sebastián.

Fueron concluídos en Mayo del 2001, recordando mi regreso a Euzkadi, luego de 40 largos años.

Compuestos, impresos y encuadernados por mis propias manos, en Junio del 2001, en mi pequeña casita de Del Viso; siguiendo aquella tradición familiar iniciada por nuestro abuelo Sebastián, en Bilbao, en 1892, empleando caracteres del antiguo tipógrafo impresor William Caxton, padre de incunables del siglo XV.
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¿Ganarán al olvido las palabras como estiman que ganan a las arcas?.

¡¿Que nada se pierde en el olvido?!

¡¿Acaso por oculto es olvido?!

¿Qué ámbitos, a merced como estamos de los vientos, aún presumiendo, ignora la conciencia?

Cuando miramos en los horizontes de la vida familiar, nuestro presente siempre acerca esos límites al recuerdo de nuestras heridas recientes.

La frondosidad de las heridas hace mezquino cualquier horizonte; sólo sentimos lo inmediato.

Y muy pocas veces en el transcurso de la vida podemos sentir, patenciar, el descomunal esfuerzo de muchos de nuestros abuelos.

En el trasfondo de todas las vidas familiares hay acumulados capitales de gracias que todas las riquezas visibles del planeta jamás podrían equiparar. Esa es la madera a que hace referencia el texto.

Esos capitales de gracias acumulados por siglos, tan vivos en sus genes y en su genialidad, a pesar de no ser visibles, permanentemente se hacen sensibles: en nuestros ánimos, en nuestros azares, en nuestras intuiciones y sueños.

Son ellos en esencia el ombligo de cada una de estas manifestaciones profundas.

Y es nuestro cuerpo, y es nuestro trabajo, el que les da entidad.

Este árbol de gracias es nuestro compañero, tanto en las vigilias como en nuestros sueños.

Nos deja partir como retoños para ser trasplantados o injertados, pero siempre está atento para devolvernos el auxilio de su temple.
Esta fuente de identidad es fuente infinita de afecto.

Por cierto que tanta eternidad descubre en sus entretejidos todo tipo de conflictos; pero todos en algún momento, en esta vida o en la otra, nos vemos impelidos a la conciliación y posterior restauración.

Me ha tocado en suerte descubrir en estos mismos pequeños pueblitos, infinidad de apellidos increíblemente cercanos; entre ellos el de mi propia alejada mujer, no sólo en vecindad repito, sino en concreta relación matrimonial.

Hoy no tengo la más mínima duda que nuestros abuelos hace siglos ya se conocían muy bien, y algo entrañable ya juntos vivieron.

No puedo dejar de mencionar al abuelo de mi amada Julieta, que tanto por tantos vascos hizo en nuestra y en aquella tierra.

Me han sobrado capitales de gracia. Sin la menor duda he dilapidado bastante. Pero heme aquí dado a la tarea de recordarlos, con tanto agradecimiento como no podría expresar sino en trabajo, cargado de su más original identidad.

Tan sumergido en sus afectos y recuerdos que nunca he pensado ni podido lucrar con ellos.

Sin duda estos sentimientos afloraron de la mano mágica de la locura.

Y agradezco a los ancestros de mi alejada mujer me hayan arrojado al vientre de mi padre.

Cuando uno lee en el antiguo testamento, esta frase suena más bien a maldición. Y seguramente para entrar en comunión con este vientre resulta imprescindible llegar hecho pedazos; el más grande del tamaño de un grano de harina.

Cuando me preguntan: por qué no viajo, advierto qué difícil es narrar a dónde he viajado, y a dónde sigo, gracias a mi trabajo viajando.

Al hacer hincapié mi búsqueda en las hebras familiares de mi abuelo Sebastián, fácil resultaría advertir que estoy ignorando a todas las abuelas.

En mis vivencias he advertido que quienes parecen disponer los primeros manejos de estos capitales de gracia son ellas.

Pero cuando se trata de forjar estructuras que ellas previamente han modelado, te remiten al vientre del padre.

Para el caso de valorar los esfuerzos todos reconocemos qué bueno es el auxilio de la mujer.

Por tanto, qué bueno haberme sentido un día más querido por ellas.

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