Index . a nutrir paisaje protegido mirando por:

Cap I

Ecología de ecosistemas e hidrología urbana . 20 preguntas

confesiones . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 . 9 . 10 . 11 . 12 . 13 . 14 . 15 . 16 .

Dinámica horizontal en humedales: esteros, bañados, meandros, cordones litorales . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 . 9 . 10 . 11 .

Cap II

Patrimonios en ámbitos rurales, confesiones .

17 . 18 . 19 . 20 . 21 . 22 . 23 . 24 . 25 . 26 . 27 . 28 . 29 . 30 . 38 . 39 .

El paisaje construído en Al Maitén . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 .

Cap III

Paisajes culturales . 31 . 32 . 33 . 34 . 35 . 36 . 37 .

Cap IV

El timón 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 . 9 . 10 . 11 . 12 . 13 .

Cap V

Leyes particulares . introito . 0 . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 . 9 . 10 . 11 . 12 . 13 . 14 . 15 . 16 . 17 . 18 . 19 . 20 . 21 . 22 . 23 . 24 . 25 . 26 . 27 . 28 . 29 . 30 . 31 . 32 . 33 . 34 . 35 . 36 . 37 . 38 . 39 . 40 .

Cap VI

Paisajes interiores

Inmanencias . 1 . 2 . . La viga de cruce . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . . Joaquín Lera . . jubileo . . creación . . intangibles . . Carlos Lohlé . . Guillermo Roux . . César Pelli .

 

Reflexiones tardías

Tensores discursivos que no interactúan en directo ni en administración, ni en justicia y por ello ignoran cantidad de recursos legales, que si la justicia estuviera solicitada por estos intelectos, otra eficiencia alcanzaría y no viviría refugiándose en rituales procesales.

Relatan historias, sin memoria de inacción propia

 

http://www.ub.edu/geocrit/sn/sn-331/sn-331-35.htm     

 LA PRODUCCIÓN DEL ESPACIO URBANO DURANTE EL AUGE DEL NEOLIBERALISMO.

SUS MANIFESTACIONES EN PILAR, EN EL PERIURBANO DE BUENOS AIRES         

Federico J. Fritzsche
Universidad Nacional de General Sarmiento
fritzsch@ungs.edu.ar

Luis E. Briano
Universidad Nacional de General San Martín
luisbriano@yahoo.com.ar

La producción del espacio urbano durante el auge del neoliberalismo. Sus manifestaciones en Pilar, en el Periurbano de Buenos Aires (Resumen)

El proceso de metropolización en Buenos Aires, ligado al de globalización, ha sufrido la influencia de las políticas económicas neoliberales implementadas en la Argentina durante la década del 90 y de la posterior recuperación económica de la posconvertibilidad. El desarrollo urbano resultante es fragmentado y se define a partir de tres lógicas de producción de ciudad: la capitalista privada, la popular y la estatal pública. El distrito de Pilar, en el Periurbano de Buenos Aires, manifiesta esta desarticulación urbana a partir de la interacción de esas tres lógicas, con un claro predominio de la privada que acentuó las disputas por el espacio urbano, al tiempo que reforzó la exclusión de los sectores populares de la ciudad, y renovó los procesos de fragmentación territorial y segregación socio-espacial en curso.

Palabras clave: desarrollo urbano, política económica, periurbano, globalización.

Urban space production during neoliberalism. Its manifestations in Buenos Aires Periurban (Abstract)

Neoliberal economic policies carried out in Argentina during 90’s and later economic recuperation has influenced Buenos Aires metropolisation process, linked to globalisation. As a result, urban development is fragmented and defined since three urban production logics: private capitalist, popular and estate public. Pilar district, in Buenos Aires Periurban, displays this urban disarticulation since those three logics interaction, with private clear preponderance, stressing urban space dispute, meanwhile strengthening urban popular sector exclusion and renewing territorial fragmentation and sotio-spatial segregation processes.

Key words: urban development, economic policy, urban fringe, globalisation.

En trabajos anteriores planteamos la relación entre lo que caracterizamos como la ineficiencia del capitalismo y la producción del espacio urbano, desde el punto de vista social (o económico, considerando a la economía como ciencia social). Así, estimamos que producto de esa relación se generan desigualdades (e ineficiencias) socio-territoriales en la conformación de la ciudad. En las regiones metropolitanas se manifiestan de manera significativa y dinámica estas desigualdades, presentes en las recientes transformaciones territoriales de varias metrópolis de América Latina, así como de la Región Metropolitana de Buenos Aires (RMBA). Estos cambios se desarrollan con particular intensidad y a una escala menor, en un distrito del borde metropolitano localizado en la llamada tercera corona: el Partido de Pilar. Dichas transformaciones se relacionan con el proceso de globalización que influye en la valorización de las regiones metropolitanas. El discurso y las políticas neoliberales han venido acompañando y legitimando esos procesos.

Ahora bien, desde esa perspectiva se considera que la globalización condiciona la dinámica económica de las ciudades, las cuales deben aumentar la productividad para lograr ser competitivas en ese contexto. En términos de política urbana, un organismo internacional representativo de esta perspectiva, como es el Banco Mundial, propone estrategias para aumentar la productividad urbana. Dichas estrategias consisten en fortalecer los gobiernos locales y la infraestructura urbana, mejorar el marco de regulación para aumentar la eficiencia del mercado y fortalecer el financiamiento para el desarrollo urbano.

Todas estas transformaciones que otorgan un nuevo papel a las ciudades en el proceso de globalización, implican que se desarrolle una plataforma moderna de exportación a partir de la provisión de servicios urbanos avanzados a las empresas ligadas a la economía global. Por otra parte, amplios sectores de la sociedad y de las ciudades quedan desvinculados de esta plataforma, incluso el trabajo tiende a flexibilizarse y precarizarse. Así, se plantea que junto a la “ciudad global” competitiva e integrada al mercado mundial, compuesta por el sector exportador asentado en esta plataforma convive y coexiste sin articulación manifiesta, una “ciudad tercermundista”, excluida y orientada al mercado doméstico, compuesta por amplios sectores populares.

En este sentido, las ciudades son a la reproducción de la fuerza de trabajo lo que las empresas al proceso productivo. Si bien el estado se ocupó centralmente de crear las condiciones generales para la producción capitalista durante la etapa keynesiano-fordista, lo cual incluía la producción de ciudad; podemos afirmar que el estado neoliberal tiene ahora como prioridad sólo garantizar las condiciones óptimas para la acumulación capitalista en la ciudad, cuya producción queda fundamentalmente en manos de los agentes privados.

Ampliando y complejizando un poco la perspectiva, podemos afirmar que la producción de ciudad se define a partir de tres lógicas, que tienen la particularidad de confluir en un mismo espacio geográfico. La lógica privada, dirigida a la obtención de rentas urbanas, la popular con base en la necesidad, y la pública que contribuye al despliegue de las anteriores. El desarrollo de la RMBA exaltó las diferencias entre dichas lógicas a partir de la década del noventa, con un claro predominio de la privada que acentuó las disputas por el espacio urbano, al tiempo que reforzó la exclusión de los sectores populares de la ciudad, y renovó los procesos de fragmentación territorial y segregación socio-espacial en curso. 

En este contexto, nos referiremos al proceso de construcción y expansión urbana en el Partido de Pilar, haciendo referencia al papel que desempeñan algunos de sus actores protagónicos: el estado, los desarrolladores inmobiliarios, el capital industrial y los sectores populares. Así, en primer lugar presentamos las políticas económicas neoliberales implementadas en la Argentina, incluyendo la recuperación económica de la posconvertibilidad. En segundo término, caracterizamos el desarrollo urbano fragmentado en relación con la globalización y estas políticas, considerando el papel que cumplen las tres lógicas en la producción de ciudad. En tercera instancia, planteamos los resultados que estas políticas y lógicas producen en Pilar. Por último, formulamos unas reflexiones a partir de la articulación de los desarrollos anteriores.

La globalización y el auge del neoliberalismo en la política económica argentina

Como ya es sabido y argumentado por numerosos autores, el proceso de mundialización o internacionalización de los mercados comienza con la expansión europea de los siglos XV y XVI, y está vinculado con la transición del feudalismo al capitalismo y su posterior consolidación. Este proceso estuvo orientado a la construcción de nuevos mercados y la apropiación de materias primas, lo que contribuyó fuertemente a consolidar y expandir las relaciones capitalistas de producción. Como elemento novedoso, el proceso de transnacionalización de la economía que desemboca en la globalización actual, además de continuar con dicha orientación, se constituye en un proyecto capitalista en la lucha de clases (Hirsch, 1997) que busca superar la crisis del fordismo y del estado keynesiano.

Entonces, si la globalización es la estrategia de la acumulación de capital, el neoliberalismo es el modo de llevarla a cabo. En la Argentina, las políticas de fijación de tipo de cambio (convertibilidad: 1 peso = 1 dólar), apertura económica, desregulación de los mercados y privatización de empresas públicas son las herramientas características del neoliberalismo en la acumulación capitalista, que asume la forma de acumulación por desposesión, además de la reproducción ampliada del capital que caracteriza su funcionamiento[1] (Harvey, 2004).

El primer intento de instauración de las políticas económicas neoliberales en la Argentina data de la última dictadura militar (1976-1983) y fue protagonizado por el Ministro de Economía, Martínez de Hoz[2]. Una vez recuperada la democracia y con la excepción de la breve gestión del ministro Grispun, el gobierno de Alfonsín no pudo impedir el avance neoliberal en marcha e implementó sucesivos planes de ajuste que dieron lugar a la crisis de 1989. Ya durante la gestión de Menem, y luego de otra escalada hiperinflacionaria, la crisis fue superada gracias a la conciliación de los intereses de las fracciones dominantes[3]. De este modo, la solución planteada por el bloque hegemónico, consistió en la redefinición del estado intervencionista e ineficaz, por medio de la implementación de las políticas ya mencionadas, ocupando la flexibilización del mercado laboral un papel destacado. Este planteo fue aceptado por sectores mayoritarios de la sociedad, lo que le permitió al gobierno llevar adelante una profunda e inédita reestructuración del estado, en consonancia con las directivas del Consenso de Washington (Basualdo, 2003). En definitiva, el disciplinamiento impuesto por la dictadura militar permitió la manipulación de la sociedad en la década de 1990, de modo que las políticas que en los setenta habían sido implementadas gracias a un régimen autoritario, pudieron realizarse en un contexto de democracia formal[4].

Las primeras medidas adoptadas por el nuevo gobierno consistieron en dos hitos que apuntaban a la gran asignatura pendiente de la dictadura y evidenciaban una confianza ciega en las fuerzas del mercado: las leyes de Reforma del Estado y de Emergencia Económica. Éstas constituyeron un shock institucional y abrieron el camino para la aplicación de las políticas de privatización, desregulación y apertura.

La reestructuración regresiva y heterogénea de la industria durante la convertibilidad

El proceso de destrucción del tejido industrial acontecido en los años noventa, propiciado por un conjunto de políticas estructurales, puede ser incluido en un período mayor –iniciado en 1975– e interpretado como una tendencia a la “desindustrialización”, entendida como una merma de la participación de la actividad industrial en el PBI (Azpiazu, Basualdo y Schorr, 2001)

La desindustrialización puede ser caracterizada como regresiva, ya que consistió en una transferencia de riqueza desde la esfera del trabajo a la del capital, y heterogénea, debido a que dicha transferencia se produjo de manera diferencial, en beneficio de los grupos concentrados de la economía y en detrimento de las PyMEs especialmente, lo que implicó un proceso de fuerte centralización del capital.

En el primer caso, siguiendo los pasos del sector en su conjunto, el empleo industrial durante los años noventa también sufrió una intensificación de las tendencias surgidas a partir del fin de la sustitución de importaciones. De este modo se verifican “una fuerte disminución en las cantidad de obreros ocupados en la actividad y una creciente regresividad en materia distributiva” (Azpiazu, Basualdo y Schorr, 2001: 54) con una simultánea ampliación de la productividad, ligado a una intensificación de la jornada de trabajo (lo que equivale a un aumento absoluto de la tasa de explotación), que fue apropiada, especialmente, por los empresarios más concentrados del sector. Por lo tanto, la clase obrera fue víctima de una doble explotación como consecuencia del aumento de la productividad y la caída del salario, posibilitando un proceso de concentración económica.

En cuanto a la heterogeneidad, se consolidó una estructura industrial crecientemente concentrada, firmemente especializada alrededor de un pequeño grupo de actividades que se basan en la explotación de ventajas comparativas naturales, produciéndose un desplazamiento de las industrias de bienes de capital –las más dinámicas en la generación de valor, eslabonamientos productivos y puestos de trabajo, pertenecientes al sector PyME–, por parte de grandes empresas que participan en mercados oligopólicos, del sector industrial intensivo en la explotación de recursos naturales –que son las que presentan menor dinamismo en la incorporación de valor agregado–, las industrias privilegiadas institucionalmente –como la armaduría automotriz– y las de elaboración de ciertos insumos intermedios vinculados a la industria química y metalúrgica. Este fenómeno, propició un desarrollo industrial desarticulado verticalmente, con un gran déficit en la producción de maquinarias, equipos e insumos intermedios.

Además, la intensificación de la concentración resultante, les dio a las grandes empresas oligopólicas un alto grado de autonomía respecto del ciclo económico interno, evidenciado por la creciente potencialidad de respuesta contracíclica, basada en la alta capacidad exportadora, a diferencia de la mayoría de los restantes agentes industriales. Como consecuencia, las exportaciones le permitieron a la cúpula desligarse de la necesidad de sostener la masa salarial, ya que ésta dejó de definir la demanda efectiva; pasando a quedar estructurada durante los años noventa, en torno a los mercados externos e internamente, a los sectores de más altos ingresos. Por lo tanto, desaparecieron, prácticamente, los límites estructurales a la baja del ingreso de los asalariados, ya que su  reducción fue absolutamente afín con la dinámica de la reproducción ampliada del capital, beneficiando al capital concentrado, reduciendo sus costos, incrementando sus tasas de rentabilidad y aumentando los saldos exportables (Azpiazu, Basualdo y Schorr, 2001).

Paralelamente al proceso de “oligopolización” a nivel local, que experimentó el sector manufacturero nacional, se constata “un importante aumento en el grado de ‘extranjerización’ de la producción (tendencia que se asienta sobre nuevas modalidades de radicación de las firmas trasnacionales) y la declinación relativa de los grandes grupos económicos de capital local.

Contribuye a la explicación de la disminución en la creación de valor agregado por parte del sector, durante los años noventa, la progresiva importancia que adquirió, en el contexto de la apertura asimétrica de la economía, la importación de insumos y productos finales por parte de las empresas industriales. Como consecuencia, numerosas firmas fueron afectadas por el cierre, se desplazaron hacia tareas relacionadas con el armado o ensamblado o simplemente se dedicaron a la venta de productos finales comprados en el exterior. En este proceso, se dislocaron múltiples cadenas de valor agregado y, por consiguiente, se destruyó una porción importante del tejido manufacturero local, especialmente en las ramas dominadas por las PyMEs (Azpiazu, Basualdo y Schorr, 2001).

Por otro lado, la estructura de precios relativos durante la década pasada, acusó una marcada asimetría que perjudicó a la industria frente a los servicios –especialmente los públicos privatizados–, desalentando la inversión industrial. Mientras los precios de cuantiosos servicios ascendían velozmente (particularmente los públicos privatizados), un conjunto muy importante de los bienes industriales registraron muy leves aumentos o disminuciones de sus precios, debido al efecto “disciplinador” generado por la apertura de la economía (Azpiazu, Basualdo y Schorr, 2001).

Asimismo, la desindustrialización de los años noventa guarda estrecha relación con la valorización financiera (especulación financiera) “como uno de los ejes centrales en torno de los que se estructura el proceso de acumulación y reproducción del capital de las grandes firmas oligopólicas que actúan en la producción fabril” (Azpiazu, Basualdo y Schorr, 2001: 11), que consolidó una de las principales tendencias que se impusieron a partir de la interrupción del modelo de sustitución de importaciones y se manifiesta notablemente en la evolución de la fuga de capitales al exterior.

La industrialización durante la posconvertibilidad

La crisis final de la convertibilidad en 2001, constituyó el “quiebre histórico en la hegemonía de la valorización financiera en detrimento de las actividades productivas” (Apiazu y Schorr, 2008: 18). No obstante, el nuevo régimen que la sustituyó no fue acompañado por un cambio estructural (Fernández Bugna y Porta, 2008), ya que se presentó con numerosos aspectos propios del régimen convertible. La posconvertibilidad se caracteriza por la regresividad y la heterogeneidad con que afectó a las diversas clases sociales y sus fracciones, produciéndose en la esfera del capital, una aceleración de las tendencias a la concentración económica, la centralización del capital y la extranjerización de la industria nacional.

La devaluación de la moneda posibilitó la consistente recuperación de la economía en su conjunto y, particularmente, la industrial, a partir del aumento de las exportaciones fabriles –gracias a profundos cambios en la estructura de los precios de la economía– y una nueva sustitución de importaciones. Es así que, entre 2002 y 2007, las respectivas tasas de crecimiento anual del producto fueron 8,8% y 10,3%, alcanzándose recién en 2005 los niveles de actividad de 1998, fecha en la que comenzó la etapa recesiva más prolongada y aguda de la historia argentina contemporánea (Azpiazu y Schorr, 2008).

Esta recuperación económica se basó en una muy pobre y endeble política industrial, sustentada exclusivamente en un tipo de cambio real competitivo y estable, y en una macroeconomía sana como resultado del crecimiento del PBI y los superávits fiscal y de la balanza comercial. Sin embargo, cabe aclarar que desde 2005, la tasa de crecimiento industrial ha sido superada por la del conjunto de la economía, abandonando así el sector industrial, el papel de promotor de la recuperación económica hasta ese momento detentado.

En consecuencia, el régimen posconvertible basado en el fuerte crecimiento industrial y de las importaciones, en el contexto del grado de apertura comercial heredado de los años noventa –que pone en duda la sustentabilidad de la recuperación ante la posibilidad futura de incurrir en el comportamiento stop and go–, se caracteriza por:

  • el afianzamiento y  la articulación del proceso de oligopolización anterior;
  • la reducción del empresariado industrial nacional como consecuencia de la extranjerización del sector;
  • un crecimiento industrial focalizado en un conjunto reducido de ramas que adquirieron dinamismo durante el auge de las políticas neoliberales: la agroindustria, la “armaduría” automotriz, la refinación de petróleo, la elaboración de productos y sustancias químicas, y las manufacturas de metales comunes.
  • el perfil productivo-exportador muy ligado al procesamiento de recursos naturales básicos, a partir del nuevo tipo de cambio, la reconfiguración de los precios relativos internos y el aumento generalizado de los precios internacionales, a pesar del carácter de commodities de los bienes exportados;
  • la creciente utilización de la capacidad instalada, ante la reactivación de la demanda interna y las excelentes condiciones para la exportación;
  • la disminución del desempleo y la regresividad salarial industrial, en un contexto de aumento del empleo en negro, altas tasas de explotación y la consideración del salario como costo empresario (y no como fortalecedor  de la demanda efectiva, y por consiguiente, del mercado interno) y
  • los relativamente altos márgenes de rentabilidad acaparados por la gran industria (quedando el resto de la industria al margen), como consecuencia de la depreciación salarial (en dólares), la creciente productividad y el aporte de recursos estatales concentrados en dicha fracción industrial.

En definitiva, un proceso de reindustrialización con reducción del desempleo, basado en “una estructura fabril desarticulada, muy sesgada hacia las primeras etapas de la transformación manufacturera y con ostensibles heterogeneidades estructurales en los niveles intra e interindustriales, y una fuerte redistribución de ingresos en detrimento de los trabajadores y a favor de las fracciones más concentradas y transnacionalizadas del capital” (Azpiazu y Schorr, 2008: 20).

Desarrollo urbano fragmentado a partir de la globalización

Ya en otros trabajos nos referimos a la relación entre los procesos de metropolización y globalización (Briano y Fritzsche, 2008 y 2009). Las  transformaciones derivadas de esa relación implican el desarrollo de una plataforma moderna de exportación[5] a partir de la provisión de servicios urbanos avanzados a las empresas ligadas a la economía global. Por otra parte, amplios sectores de la sociedad y de las ciudades quedan desvinculados de esta plataforma, incluso el trabajo tiende a flexibilizarse y precarizarse (Coraggio, 1998). Esta tendencia a la dualización y fragmentación de la economía urbana se ve exacerbada por las políticas urbanas diseñadas por organismos como el Banco Mundial (1991), que además de lo señalado anteriormente, promueven políticas sociales doblemente focalizadas: social y territorialmente. En lo social, porque están orientadas a satisfacer únicamente las necesidades de la pobreza extrema, no a impulsar el desarrollo humano ni social; en lo territorial, porque están dirigidas exclusivamente a los barrios y áreas urbanas donde se concentra esa pobreza, sin plantear articulaciones con el resto de la ciudad.

Es en este sentido que se plantea que junto a la “ciudad global” competitiva e integrada al mercado mundial, compuesta por el sector exportador asentado en esta plataforma convive y coexiste sin articulación manifiesta, una “ciudad tercermundista”, excluida y orientada al mercado doméstico, compuesta por amplios sectores populares, que han crecido mucho en las últimas tres décadas y en particular en la del noventa. Estos sectores contribuyen a la reproducción de la fuerza de trabajo y particularmente a la reproducción de las condiciones generales de la producción que se dan en la ciudad[6].

Entonces, si bien el estado se ocupó centralmente de crear las condiciones generales para la producción capitalista durante la etapa keynesiano-fordista, lo cual incluía la producción de ciudad (Topalov, 1979; Castells, 1974); podemos afirmar que el estado neoliberal tiene ahora como prioridad sólo garantizar las condiciones para la acumulación capitalista en la ciudad, cuya producción queda fundamentalmente en manos de los agentes privados. Además, en ese proceso el capital obtiene una ganancia adicional y novedosa que puede caracterizarse como una solución espacio-temporal para absorber la hiperacumulación (Harvey, 1990).

En el mismo sentido, Pírez (2004) sostiene que las operaciones privadas se apropiaron de la planificación urbana, en un intento de producir condiciones territoriales para satisfacer necesidades particulares.  De la misma manera, Vio (2009) argumenta que paralelamente a la privatización de los bienes y servicios públicos, se asistió a la privatización de la planificación regional metropolitana que traspasó las fronteras de las urbanizaciones cerradas, maximizando los beneficios de la inversión privada sobre los bienes públicos privatizados, en particular de la red de caminos metropolitanos que resultó en la multiplicación de oportunidades de negocio para el desarrollo de nuevos productos inmobiliarios. Es así que puede identificarse una lógica regional-privada, que  comprendió los beneficios de concentrar inversiones sobre algunos ejes territoriales, para apropiarse luego de los incrementos de las rentas diferenciales de tierras que mientras fueron zonas residenciales de los sectores populares, gozaban de escaso valor.

Aquellos procesos de metropolización y globalización se manifiestan en el periurbano, ámbito en el cual se superponen múltiples lógicas de producción y valorización del espacio (industrial, residencial, comercial, de servicios, agropecuaria). Si recurrimos a la metáfora liberal (y neoliberal) de la mano invisible y su supuesta eficiencia en la asignación de recursos en la producción de la ciudad en un marco estático de equilibrio, observaremos, por el contrario, que este territorio presenta una alta heterogeneidad en los usos del suelo (Capel, 1994), que  representa un complejo territorial desarticulado de lógicas económicas. En este sentido, “…el desequilibrio diferencial se encuentra por doquier y (…) existen demasiadas imperfecciones, rigideces situaciones inmóviles como para que el mercado pueda funcionar bien como instrumento de coordinación” (Harvey, 1977: 174). Así, el área urbana se construye secuencialmente a lo largo de un amplio período de tiempo; una vez localizadas las actividades y la población, adquieren un alto grado de inmovilidad, lo que da por resultado un proceso complejo que casi nunca se acerca a algún tipo de equilibrio ni, por lo tanto, al óptimo de Pareto (Harvey, 1977). De este modo, las peculiaridades del espacio geográfico y su proceso histórico de construcción se basan en el carácter intrínsecamente monopólico del espacio (y, en particular, del suelo urbano) a partir de la propiedad privada del espacio instituida por el capitalismo.

Las tres lógicas de la producción de ciudad en una economía mixta

Siguiendo a Vio (2009), la producción de ciudad se define a partir de tres lógicas, que tienen la particularidad de confluir en un mismo espacio geográfico. La lógica privada, dirigida a la obtención de rentas urbanas, la popular con base en la necesidad, a partir de los sectores de menores ingresos que autoproducen su hábitat, y la pública que a través de políticas y acciones contribuye también al despliegue de las anteriores.

Ahora bien, en este trabajo y otros anteriores nos hemos ocupado principalmente de la lógica privada y, en menor medida, de la lógica pública, subordinada a los parámetros de la primera sobre todo a partir del auge del neoliberalismo. En este punto conviene, entonces, destacar el papel de la lógica popular y la manera en que se relaciona con las otras dos, ya que esta articulación se manifiesta notoriamente en el periurbano. Para ello recurriremos a las herramientas teóricas que brinda la perspectiva de la Economía Popular, formulada por Coraggio (1998, 2009) y otros autores[7], la cual sostiene que las economías latinoamericanas son economías mixtas conformadas por tres sectores o subsistemas: la economía empresarial capitalista, la economía pública y la economía popular.

El subsistema de la economía empresarial capitalista está orientado a la acumulación ilimitada de capital (entre otros mecanismos, mediante su reproducción ampliada), manipulando las necesidades de los consumidores, en un contexto de dura competencia en el que las empresas no se hacen cargo de la sustentabilidad del sistema. Por otra parte, el sector de la economía pública está tensionado entre la dinámica del poder político-partidario, orientada por la lógica del poder político, y las estructuras burocrático-funcionales permanentes, en un contexto de competencia política que tampoco supone hacerse cargo de la sustentabilidad del sistema.

El subsistema de la economía popular, en cambio, se basa en la utilización, desarrollo e intercambio del fondo de trabajo de los miembros de una unidad doméstica; el cual se realiza de dos maneras: por medio del trabajo de reproducción (que incluye el trabajo doméstico de autoconsumo, de consumo solidario y la reproducción de la capacidad transgeneracional del trabajo), y a través del trabajo mercantil (que abarca el trabajo doméstico mercantil no remunerado e independiente, así como el trabajo asalariado). Este sector de la economía está orientado la reproducción ampliada de la vida de los miembros de las unidades domésticas. Es principalmente la economía de los trabajadores y de los sectores populares. Acumulan medios de producción, medios de consumo durables y ahorros monetarios, pero sin que exista una explotación capitalista del plusvalor; por lo tanto, sin que se produzca un excedente económico[8].

Dadas las características mencionadas anteriormente, la economía popular es básicamente urbana, en tanto para su reproducción depende casi exclusivamente de las redes territoriales urbanas y de la aglomeración para la realización del fondo de trabajo. Por eso, a continuación haremos referencia a la Economía Popular Urbana (EPU).

Pilar: desarticulación urbana como consecuencia de la lógica neoliberal

Si tal como lo manifestamos en trabajos anteriores, la construcción del periurbano se caracteriza por la libertad de acción del capital y los agentes privados que intervienen en el proceso de urbanización, exacerbada a partir de la desregulación neoliberal, el resultado es una periferia urbana contradictoria y fragmentaria, fruto de la interacción de las tres lógicas de producción de ciudad antes mencionadas.

Esta situación se presenta claramente en el partido de Pilar, en el periurbano de Buenos Aires, donde coexisten nuevas centralidades con espacios segregados y autosegregados que se presentan de un modo desordenado, desarticulado y disfuncional. En el desarrollo de este fragmento del periurbano con características específicas, participan: el estado, los desarrolladores inmobiliarios, el capital industrial y los sectores populares involucrados en la EPU. El capital industrial se destaca por sobre otras fracciones dada la importancia del Parque Industrial en el proceso de construcción y expansión urbana (Briano y Fritzsche, 2007).

Así, se presentan en este territorio, una nueva centralidad urbana (km. 50 del Acceso Norte, Ramal Pilar), el dinamismo industrial más importante de la RMBA (representado fundamentalmente por el PIP, que aporta el 25% de la PEA del Partido, además de otras áreas y parques industriales recientes), emprendimientos privados de expansión urbana (sobre todo urbanizaciones cerradas), persistencia de actividad productiva primaria (principalmente frutihortícola) y urbanizaciones populares (Ver mapas: 1, Zonificación, 2, Áreas industriales, 3: Hogares con NBI[9]). Estos fragmentos urbanos desarticulados social y territorialmente, manifiestan la interacción de las tres lógicas de producción de ciudad con un resultado particularmente ineficiente, contradictorio e injusto en esta porción del periurbano. Prueba de ello es que dos de aquellas lógicas, la pública y la popular, subsidian a la dominante, la privada.

 

Figura 1. Zonificación del partido de Pilar.

 

Aquí se pueden analizar ejemplos concretos de la articulación entre el sector de la economía empresarial capitalista, la EPU y la economía  pública, donde sobre todo a partir de la década de 1990 predominó la lógica del primer sector, dando lugar a una economía urbana crecientemente fragmentada, sobre todo en el periurbano de la RMBA. En este sentido, el proceso de producción de ciudad que se verifica de manera más dinámica en el periurbano, es un escenario de articulación desigual de estas lógicas, ya que la EPU se tiende a restringir en los territorios más degradados y desconectados, mientras que la economía empresarial capitalista, para obtener su máxima ganancia, externaliza en la producción de ciudad sus costos al resto de la sociedad.

 

Figura 2. Parque Industrial Pilar hacia el NO.

 

En este punto, caracterizar sintéticamente la situación socioeconómica del partido de Pilar puede servir para dar una dimensión a esta articulación. Más allá del gran dinamismo que se presenta en este distrito en términos de emprendimientos inmobiliarios, la industria y los servicios, una serie de fenómenos sociodemográficos conviven en el mismo territorio con aquella realidad. En la actualidad, se estima que unas 600 personas arriban a Pilar cada mes, atraídas por la situación económica, provenientes desde el primer cordón metropolitano, otros puntos del país y países limítrofes. La mayoría se radica en asentamientos precarios sin infraestructura básica. El 55 % de la población del partido no posee ningún tipo de cobertura médica –lo cual refleja el alto grado de informalidad laboral, especialmente en el sector de la construcción– y el 25% presenta necesidades básicas insatisfechas (Barsky y Vio, 2007).

Algunos datos adicionales respecto de la provisión de infraestructura en el partido, nos permitirán ilustrar la situación de fragmentación y desigualdad socio-espacial ya referida. Mientras que el 93% de la población tiene acceso a la red de energía eléctrica, sólo el 16% cuenta con desagües cloacales, el 24% posee agua corriente y el 39%, gas de red. El alumbrado público alcanza al 75%, mientras que el pavimento sólo cubre el 55% de las calles (Sanguinetti, 2005).

 

Figura 3. Hogares con NBI en Pilar.

 

Si contrastamos estos datos con la cobertura de urbanizaciones cerradas, que afectan a cerca del 20% de la superficie del municipio (ver mapa 4: Urbanizaciones cerradas) y la provisión de servicios educativos, observaremos la acentuación de esta fragmentación y desarticulación urbana a partir de las políticas neoliberales. En ese sentido, en el Partido de Pilar existen cerca de 100 escuelas públicas con alrededor de 50.000 alumnos, mientras las 150 privadas, albergan a 30.000 alumnos. Esta oferta privada está en gran medida concentrada en las urbanizaciones cerradas. Además la oferta privada y pública en conjunto no logra satisfacer la demanda en el nivel inicial, en el cual la tasa de escolarización es del 93%, de las más bajas de la Provincia de Buenos Aires. Más aún, mientras en 1981 el 80% de la oferta educativa era pública, esa proporción se redujo al 60% en 2004 (Sanguinetti, 2005).

La dualización económica urbana se presenta claramente en este territorio, con una plataforma de exportación ligada a la economía global, expresada en el dinamismo del Parque Industrial Pilar (Briano y Fritzsche, 2007, 2009), los emprendimientos inmobiliarios y comerciales; mientras que amplios sectores populares quedan fuera de esos circuitos y constituyen redes económicas relativamente alternativas, pero que en alguna medida subsidian a la economía urbana capitalista, al hacerse cargo de los costos que ésta deja de lado[10].

 

Figura 4. Barrios privados y countries en Pilar.

 

Esta articulación radica principalmente en que la autoconstrucción de la que se hacen cargo los sectores de la EPU, le “ahorran” ese costo a la economía pública (el estado) y a la economía empresarial capitalista (propietarios de la tierra y desarrolladores inmobiliarios), ya que el negocio no resulta rentable. A su vez, cabe aclarar que la autoconstrucción de los sectores populares suele ocupar franjas e intersticios urbanos en el proceso de expansión metropolitana (incluyendo el periurbano) relativamente degradados, con problemas de accesibilidad y con una deficiente provisión de infraestructura, equipamientos y servicios. Las posibilidades de obtención de renta urbana en esas áreas resultan escasas para el capital. Por otra parte, una gran proporción de los sectores populares trabajan en las urbanizaciones cerradas, contribuyendo al subsidio de un subsistema hacia los otros. Cabe recordar, en ese sentido, que el 70% de los trabajadores de aquellas urbanizaciones no están registrados (Sanguinetti, 2005).

Reflexiones finales

A partir del desarrollo anterior, formularemos algunas reflexiones que resultan de la relación entre el auge de las políticas neoliberales, el desarrollo urbano fragmentado a partir de la globalización y la interacción de las tres lógicas de producción de ciudad en el Partido de Pilar, que forma parte del periurbano de Buenos Aires.

Como vimos, el desarrollo de la RMBA exaltó las diferencias entre dichas lógicas a partir de la década del noventa, con un claro predominio de la privada que acentuó las disputas por el espacio urbano, al tiempo que reforzó la exclusión de los sectores populares de la ciudad, y renovó los procesos de fragmentación territorial y segregación socio-espacial en curso.

Cabe destacar aquí, una vez más, el carácter subsidiario de la EPU sobre el resto de la economía urbana, que se manifiesta con mayor énfasis a partir de las transformaciones en las políticas públicas y urbanas derivadas del proceso de globalización. En este sentido, el estado neoliberal, a diferencia del keynesiano-fordista, ha dejado de participar activamente en el proceso de construcción de ciudad, para constituirse en un garante de las condiciones para la acumulación capitalista de los agentes privados, que obtienen renta urbana a partir de este proceso. Sin embargo, los sectores que pueden asimilarse dentro de la categoría EPU, contribuyen a la reproducción de la fuerza de trabajo y de manera indirecta a la dinámica económica urbana en general y a completar el proceso de reproducción del capital. A través de la utilización de su fondo de trabajo y de las  redes sociales alternativas que constituyen, estos sectores se hacen cargo de los costos de producción de ciudad que ni la economía capitalista ni la pública asumen, consolidando la situación de fragmentación socio-espacial, al quedar relegados de la infraestructura, accesibilidad y equipamiento urbanos.

El neoliberalismo, mediante los procesos de privatización, desregulación y apertura comercial creó las condiciones adecuadas para la apropiación de la planificación urbana por parte de los actores privados (capital industrial, inmobiliario y desarrolladores). Cabe destacar que esta planificación capitalista es esencialmente distinta del concepto clásico de planificación, ya que incorpora un componente caótico, al buscar generar condiciones territoriales para satisfacer sus necesidades particulares, sin tener en cuenta su articulación con las diversas necesidades del conjunto de la sociedad.

El desarrollo potencial de la EPU en la economía urbana, para el caso de la RMBA, depende en gran medida del esfuerzo de integración y articulación de las lógicas de los sectores populares, en donde puede desempeñar un papel importante la política y la planificación urbana propiamente dicha, si se cambia la mirada restringida a facilitar la acumulación de capital a partir de la renta urbana y si transforma la escala de acción desde el municipio considerado aisladamente, hacia una mirada metropolitana de conjunto, considerando la economía urbana de la RMBA.

Notas

[1] Estos procesos y conceptos los hemos desarrollado en Briano y Fritzsche, 2008.

[2] Cabe recordar, de todas maneras, que reconoce un antecedente en el  llamado “Rodrigazo” de 1975, aplicado por el ministro de la presidenta Perón, Celestino Rodrigo. Consistió en una maxidevaluación que disparó la inflación y permitió una licuación de pasivos empresarios a la vez que una fuga de capitales y un deterioro del salario real. Este brutal ajuste fue el principio del más trágico y profundo cambio de modelo económico, que iba a romper el esquema histórico de políticas públicas (el Estado del Bienestar) y dejaría el camino abierto a la implantación de la política neoliberal. La coyuntura económica internacional contribuyó a agravar la situación, ya que la crisis energética mundial, que fue un síntoma del fin del período de auge económico de posguerra (modelo de desarrollo fordista), cuadruplicó los precios del barril de petróleo, deprimió los de los productos agrícolas y cerró el mercado de carnes de la Comunidad Económica Europea, que además comenzó a proteger con más subsidios su producción agropecuaria (Restivo y Dellatorre, 2005).

[3] El bloque de poder emergente estableció, a modo de diagnóstico, que la crisis zanjada era la consecuencia del “colapso definitivo del Estado generado por el proceso de sustitución de importaciones y, específicamente, de su variante ‘distribucionista’. (…) los sectores dominantes instalan socialmente que este colapso es una versión ampliada de las típicas crisis de la industrialización sustitutiva a raíz de la pugna distributiva entre el capital y el trabajo que, en este caso, por su nivel de exacerbación, termina por arrasar la organización y las finanzas del sector público” (Basualdo, 2003: 43).

[4] “Quien controla el pasado controla el futuro: quien controla el presente controla el pasado. Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza, nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada persona debía lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban ‘control de la realidad’. Pero en neolengua había una palabra especial para ello: doblepensar. (...) Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer, sin embargo, en ambas; emplear la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad mientras se recurre a ella, (..) olvidar cuanto fuera necesario olvidar y, no obstante, recurrir a ello, volverlo a traer a la memoria en cuanto se necesitara y luego olvidarlo de nuevo; y, sobre todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. Esta era la más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosugestión. Incluso comprender la palabra doblepensar implicaba el uso del doblepensar” (Orwell, 1949: 36). 

[5] La urbanización produce y reproduce las condiciones generales de la producción, las cuales están integradas por: a) un conjunto de infraestructuras físicas necesarias a la producción y a los transportes, b) una reserva de mano de obra donde la fuerza de trabajo se reproduce y c) un conjunto de empresas capitalistas privadas (Lencioni, 2007). Además en la ciudad se produce la articulación espacial no planificada de todos estos elementos  que constituyen cada uno un valor de uso simple, generando así lo que Topalov denomina valor de uso complejo. Esto último no es sólo la suma de los valores de uso simples, sino además una dimensión nueva y propia de la ciudad, que favorece la reproducción ampliada del capital, otorgándole una ganancia adicional que proviene de los efectos útiles de aglomeración (Topalov, 1979: 26-27). Una plataforma moderna de exportación presenta estas características, que son requisitos de la acumulación capitalista.

[6] Un ejemplo de esta contribución es el de la autoconstrucción de viviendas que realizan los sectores populares, que se estima en un 65% para el caso de la RMBA (Federico Sabaté y Vázquez, 2001).

[7] Si bien nos basamos en las propuestas de Coraggio, cabe aclarar que numerosos autores, principalmente latinoamericanos, convergen en esta corriente de pensamiento. Entre otros: de Melo Lisboa, Federico Sabaté, Núñez Soto, Nyssens, Quijano, Razeto, Singer y Tiriba; la mayoría de ellos aparecen en la compilación de Coraggio (2007).

[8] Aquí cabe formular una enunciación más detallada: “definimos la economía popular como un subsistema que vincula y potencia (mediante relaciones políticas y económicas desarrolladas sobre un sustrato de relaciones de parentesco, vecinales, étnicas, y otras relaciones de afinidad) las unidades domésticas populares (unipersonales, familiares, comunitarias, cooperativas) y sus organizaciones particulares y sociales relativamente autónomas. Su sentido está dado por la reproducción transgeneracional ampliada de la vida (biológica y cultural) de los sectores populares” (Coraggio, 1998: 81).

[9] Agradecemos la colaboración en la confección de mapas de Daniela Natale, Investigadora-Docente del Laboratorio de Sistemas de Información Geográfica del Instituto del Conurbano, Universidad Nacional de General Sarmiento.

[10] Por ejemplo, en el partido de Pilar (en la tercera corona de la RMBA y con grandes espacios periurbanos), donde existe una importante producción frutihortícola, los productores –generalmente bolivianos y cuyas redes sociales y formas de trabajo pueden ser asimilados en gran medida a la EPU­– tienden a ser expulsados hacia áreas más lejanas de Buenos Aires (Exaltación de la Cruz, entre otros partidos) por los emprendimientos inmobiliarios destinados a construir urbanizaciones cerradas. A su vez, este proceso deriva en el encarecimiento de la producción frutihortícola que está destinada al consumo de la población de la RMBA. Estos productores que podríamos caracterizar como pertenecientes a la EPU, están a su vez fuertemente vinculados a la economía urbana de la región, en tanto dependen de las redes territoriales para la distribución de su producto (Barsky, 2008).

 

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