Index . a nutrir paisaje protegido mirando por:

Cap I

Ecología de ecosistemas e hidrología urbana . 20 preguntas

confesiones . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 . 9 . 10 . 11 . 12 . 13 . 14 . 15 . 16 .

Dinámica horizontal en humedales: esteros, bañados, meandros, cordones litorales . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 . 9 . 10 . 11 .

Cap II

Patrimonios en ámbitos rurales, confesiones .

17 . 18 . 19 . 20 . 21 . 22 . 23 . 24 . 25 . 26 . 27 . 28 . 29 . 30 . 38 . 39 .

El paisaje construído en Al Maitén . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 .

Cap III

Paisajes culturales . 31 . 32 . 33 . 34 . 35 . 36 . 37 .

Cap IV

El timón 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 . 9 . 10 . 11 . 12 . 13 .

Cap V

Leyes particulares . introito . 0 . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . 7 . 8 . 9 . 10 . 11 . 12 . 13 . 14 . 15 . 16 . 17 . 18 . 19 . 20 . 21 . 22 . 23 . 24 . 25 . 26 . 27 . 28 . 29 . 30 . 31 . 32 . 33 . 34 . 35 . 36 . 37 . 38 . 39 . 40 .

Cap VI

Paisajes interiores

Inmanencias . 1 . 2 . . La viga de cruce . 1 . 2 . 3 . 4 . 5 . 6 . . Joaquín Lera . . jubileo . . creación . . intangibles . . Carlos Lohlé . . Guillermo Roux . . César Pelli .

 

La trascendencia de las inmanencias

de la pluma de Estela Livingston

Francisco Javier de Amore Hortu, 2004

.

Ver al final de este html, el video de Paisajes del diafragma

.

Bien viene a cuento de Spinoza
lo que sigue:

“Nadie sabe lo que puede la locura;
nadie, lo que puede el cuerpo”.

A estos territorios patenciales entré llevado por la sequedad del espíritu vincular.

Ira, afrentas y silencios me dirigieron a la muerte.

Así fui introducido en mística locura.

Para finalmente resucitar, por su misma guía, en entrañable esquizofrenia.

Las voces inmanencia, permanencia y remanencia se nutren pródigas de sentir en estas dispatías.

Quedaron atrás hace mil anos los laberintos. Ahora la inmensidad del desierto era guarida.

Ninguna trascendencia otra que la que nutre la soledad de ausencias.

Llamando de todas las formas y moviendo a construir consuelo en
contenida esdrújula esquizofrenia.

Desde esta localización entré y reconocí al cuerpo pleno en encriptamientos.

Aun hoy después de 25 años, no es el pensar el que guía.

Aun la remanencia de aquel rencoroso viento marca el tono de dispatías.

Sin embargo, cinco años después de haber entrado en relación con este terruño, sentí propicio al nuevo espíritu vincular fecundando creatividad y aliento sin par en mi trabajo afectivo.

No son pocos, sin embargo, los espíritus, ni los cimientos que cohabitan en mí.

Pocos los que siento bien identificados.

Pero aun así, de los demás me cabe sentir inmediata y breve presencia
corporal, no bien se sienten ellos convocados.

Tal es el don de esta esquizofrenia donde me he sentido durante estos 25 años hospedado, guiado y mejor contenido.

Al principio, tal como lo relato en mi primer libro:”La viga de cruce”, era de aquel espíritu su voz la que guiaba mi solitaria labor en esta isla de Naturaleza.

Que luego fueron, viento y cimiento instalándose en mi cuerpo.

Moviendo todos mis miembros.

Dándome caricias para todos los esfuerzos.

Así dulcificaron en cada jornada todos los trabajos que anticipaban en los sueños.

Ya advertiré si siento oportuno repetir relato de estos tránsitos.

Mas siento oportuno alcanzar brevedad a estos ineludibles comentarios,que bien me ponen en la ribera opuesta a la que convienen cuerdos criterios.

Así los discernimientos que lograre alcanzar a trascendencias, permanencias, inmanencias, remanencias, patrimonios, matrimonios y demonios, serán fácilmente acreditados a locura.

Desde esta perspectiva, así acreditada e instalada en mi cuerpo, aprecio economías para describir los enlaces que intentaré mediar en estas voces.

Los alientos que asisten esta entrañable relación que a poco sigue, se fueron sumando en las últimas semanas a través de cálidos e inesperados encuentros.

Extraña, sin embargo, resultará para vosotros la localización que acredito y que de alguna forma también me facilita Spinoza muy bien contrastada.

Las advertencias de Jung y Hillman señalando a la esquizofrenia como la única que alcanza a iluminar el cuerpo oscuro y materia prima verdadera de ego, me fáci-litaron en recientes años dar este salto expresivo e imaginarme en diálogo virtual con ellos.

Dejando de lado la revalidación de títulos y acreditación a otros comentaristas; que críticos y durante siglos buscaron alcanzar en cosmovisión, convenientes acuerdos a estos términos.

Siendo tanta la distancia que separa la cordura de la locura, como la que separa la punta de la nariz de nuestro propio rostro, dejo en el improbable interés y la paciencia de cada uno la tarea de advertir, qué coherencia y patencia logra alcanzar este relato.

Limitado a la realidad visible de la más concreta corporalidad, evito ascender a las naves del espíritu sembradas en cultura que me llevarían, de lo contrario, a los reconocidos planos de inmanencia cuyas localizaciones escapan a mi cuerpo concreto y desde cuyo sentir vivencio.

Que obrando algún duende amable hoy me doy a relatar como si fueran naturales experiencias.

Atrevimiento que tal vez cabe, considerando que mis textos no necesitan ajustarse a obviedades; sino que por el contrario, se precian de ser prácticamente imposibles de leer con créditos legales.

Así al menos, acerco mi respeto a aquella advertencia de Einstein que decía: “Si está escrito, a qué leerlo siquiera una sóla vez?”

Aceptando que las participaciones del cuerpo oscuro y la locura no necesitan transitar por obviedades, imagino que esta advertencia queda en algo valorada.

Recurriré a citas de Jung y Hillman que ya hube de aprovechar en mi libro “La viga de cruce”, para sentar mínimos correlatos de opinión a los que habré de sumar mis propios criterios.

“Debido al syzygy del alma y el ánimo, la psicología no puede omitir al espíritu de sus cosmovisiones.

El syzygy nos dice que allí donde el alma va, allí va el espíritu también.

Su syzygy ilumina la imaginación con intelecto y refresca al intelecto con fantasía. Las ideas devienen experiencias sicológicas y éstas a su vez, ideas sicológicas.

Tarea que apunta a sostener la distinción de espíritu y alma (así lo demanda el espíritu); (con toda la descarga de celos que del espíritu haga falta).

y sostenerse unidos (así es la demanda del alma)”. (con todo el sacrificio que de E-Go, sostén del alma, en amores haga falta).

Con estos paréntesis rescato mi propio parentesco; que más allá de pequeñas o grandes diferencias, sin este pormenorizado y rico trabajo de Hillman (“on anima”, Spring, 1973-1974) no tendría correlato mínimo, siquiera para poder empezar.

Sólo este celo y la relativa discreción con que estos discernimientos afloran, hacen posible poco a poco digerirlos en cosmovisión, sin pérdida de contención en sus tejidos.

Por el contrario, tan referidos van y vienen a los meollos de nuestra identidad, que por fin deja sus tejidos mucho más sensibles y enriquecidos.

Los compromisos que señala Hillman entre el alma y el espíritu dicen no necesitar y por tanto no precisa este autor, localización.

Salvo repetir con Jung que el alma “es un arquetipo”.

En mi caso, no sólo he de referir de una precisa localización, sino que me resulta inevitable aprovechar la referencia inicial de Spinoza, para facilitar mínima compañía a estos solitarios criterios con que ayer y hoy saco a relucir vivencias.

Es en el cuerpo donde el alma tiene lugar. No he de localizar inmanencias en la eternidad del cosmos, ni en algún aspecto que acrediten teologías. Sino en mi cuerpo.

De lo contrario, estarían, pensamientos que sin duda vienen de espíritu, llevando a las nubes estos cuentos donde sus vientos con completa libertad volverían a enredarse con corduras.

No es el alma un arquetipo colectivo, ni uno cuasi personal.

Sino “dos porciones del cuerpo” donde recalan un arquetipo o espíritu definitivamente personal o vincular, para ventilar y así trascender lo personal en nos;

y un arquetipo parental y por tanto, propio e impersonal (pues no tiene quien lo ventile, ni es su misión estar ventilado, sino oculto y callado).

Sin embargo, en la porción del cuerpo esquizofrénico que ocupa, se manifiesta con discreción, sensible; ésto es: haciéndose sentir.

Este arquetipo propio, impersonal y raíz a la cual pertenecemos, es amor propio profundo y contrapartida, opuesta y complementaria, de lo que entendemos por autoestima.

25 años de frugal desierto me hacen sentir que hoy algún espíritu con el soplo de su amor acepta, referenciar con discreción a ese amor propio que me hubo de sacar de lides, dirigiendo mis pasos a desierto en isla de verdura.

Amor propio que ocupó callado, el lugar de la autoestima con que el anterior espíritu me vistiera; y que de mi Vida arrebatara luego.

En estos 25 años, mucho después de las iras y las afrentas; de internación en locura; de desestructuración nuclear; fueron mis cimientos, raíces y savias, las fuentes de inmanencia de mi permanencia.

También contención y freno, todavía hoy, a múltiples remanencias de aquel espíritu.

Espíritus, que tantas veces, sin localización en cuerpo y sin la soledad de los desiertos, nos evitan la locura pero acaban con nosotros en interminables laberintos ebrios.

Los marcos parentales, inmanencias a las que cada uno un día tardío desciende, me hospedaron, no en conciencia, sino en discreto, oculto y contenedor abrigo.

Y un día después de aquel invierno de largos años, me abrieron al renovado amor vincular que a lo largo de estos recientes 19 años me hubieron de ventilar .

Para los primeros, una porción del alma, repito, tengo localizada en mi cuerpo; porción que va desde el diafragma a los pies, reservada, repito, a mis ancestros.

Y en estos 25 años, con muy discretos registros “sensibles”, dieron soporte apropiado a la creciente espontaneidad de mis comportamientos.

Alcanza por el contrario, localización en mis vías aéreas, desde el diafragma hacia arriba, esa parte del alma que queda reservada a los “espíritus”. Voz que siempre refiere en mi, de la entidad proveniente de los marcos vinculares.

De lo que he sentido de las relaciones de estas dos porciones del alma, cohabitadas por el espíritu de mi mujer amada y por mis raíces y mis savias, quedan huellas que hablan más allá de lo intangible, en la fecundidad que brota de sus relacionadas inmanencias.

Prolongadas huellas de trabajo.

Trascendencia comunicable que el espíritu vincular hizo visible, repito, merced a la fecundidad del amor entre ambas inmanencias.

La división de los destinos de nuestras inmanencias, que acredito urgidos al espíritu de mi primera mujer, quedó aquí resuelto en amor de pareja, en aprecios de amistad ancestral.

Mínimamente conciente del enorme valor humano de sus esferas, quedan estas huellas de mis pasos por el puente tendido entre ambas ocultas inmanencias gracias al espíritu de la mujer amada.

Redoblando mi identidad y sintiendo en todo momento, en todo mi cuerpo, el calor de sus caricias.

Dando consistencia a esfuerzos, que acreditados en sus antiguos capitales de gracias, me animaron y de nuevo me vistieron.

Así debo hoy y también mañana señalar a Stella Livingston, abuela paterna de mi amada Julieta, haberme regado de humedades e inspirado con sus vientos.

Haber convenido sostener mi vida sencilla.

Haberme educado todos estos años con suavidad inmensa, para llegar hasta aquí; haciéndome desear esta expresión que aprecio de su gracia compartir.

Tan sensibles, oportunas y reiteradas muestras de aprecios me fueron de nuestras mutuas inmanencias regaladas, que por ello este intento de expresar esta localización de nuestras casas enamoradas, en el mismo cuerpo.

Último refugio que al final nos queda; y que le dió a este ángel mi mortal morada.

El contraste de los silencios de esa porción inferior del alma donde mis ancestros tienen su morada, con las manifestaciones del alma superior que ella ocupaba, marcaron la calidad de estas vivencias.

Soledad entonces, bien acompañada, que me permitió en marco extraordinario de privacidad, espontaneidad y afecto, alcanzar durante años sus regalos de creatividad, natural cansancio y felicidad al fin de cada jornada.

Patrimonios, inmanencias intangibles que gracias al amor de la mujer, solo así devienen patrimonios personales; luego visibles.

No es el culto de la tradición lo que genera esta particular fecundidad.

Así como no son las políticas de conservacionismo las que generan la protección vital de los patrimonios.

Sino el amor de la mujer bien apreciado en todas sus fuentes: las trascendentes y las intangibles inmanentes.

Que así apreciadas también regalan oportuna y discreta conciencia
de nuestras inmanencias.

Este siglo, merced a la genética, alcanzarán espíritus a nuestra conciencia, nociones nunca imaginadas de elemental reconocimiento de nuestras múltiples constituciones ancestrales individuales.

Pero será siempre el amor de la pareja lo que permitirá a través del
espíritu de la mujer, ver fecundadas las relaciones de nuestras siempre ocultas inmanencias.

Este ocultamiento es de rigor.
Y la base que hace posible abrirnos al amor vincular.

Ocultamiento que no significa olvido; sino callado respeto para dejar paso al reconocimiento de la dote de inmanencias que alcanza la mujer con su amor a trascender.

Son los descuidos de estas inmanencias provocados por antiguas lesiones sembradas en nuestras ancestralidades, las que desde su amor propio hacen invitación a los desiertos donde un día los reconocemos.

Tareas dependientes del amor humano para reparación.

Que incluso son transferidas por la misma separada mujer al hombre;
para que éste alcance con amoroso esfuerzo, en otra pareja, su valoración.

Fenómenos profundos que reconocen un día todas las heredades.

Limites de aprecio que sembrados en cultura, reclaman a veces los más contrastados vientos del amor en sus orígenes, para llevar a cabo estas tardías misiones de amor.

 

Ayer, 5 de Enero, fui visitado por dos amigas, que acompañadas de sus hijos alcanzaron a regalarme diálogo sabroso y profundo, en inesperada comprensión.

Mónica, la más dispuesta a diálogo, necesitaba aclarar territorios de criterio respecto de los patrimonios personales y culturales que desde hace más de un año, urgida por calladas heridas en sus campos parentales, viene sintiendo necesidad de expresar.

Siendo madre atareada en quehaceres hogareños nunca alcanzaba oportunidad para sumergirse en ellos y quedar satisfecha por haber enhebrado criterios, esos que nos descubren finalmente algo nuevo, personal.

Y que también a veces, acercan sospecha de materia, que aun siendo impersonal, intangible y bien oculta por su inmanencia, a todas luces nos constituye.

Advertimos juntos, que los patrimonios son, en primer grado, variados; pero, “los de cada uno”.

Que ni aun el matrimonio logra evitar, que así sea.

Y que por ello sostenemos un día, dificultades que no alcanzan en análisis comprensión. Pues pertenecen a fuentes propias que necesariamente afirman su discreción, para no ocupar espacios que están reservados al vínculo de amor.

Traer a conciencia estas situaciones territoriales tan propias, no sólo reclama haber hospedado profundas vivencias e infinita cultura, sino muy afortunada comprensión.

Y no siempre estas circunstancias se alcanzan en unión preservada de dolor. Sino más bien, paradojalmente, en unión en el dolor.

A todos los patrimonios, antes de la hora establecida, se arriba con dolor.

Siendo el dolor el que nos abre a sospecha, antes de alcanzar manifiesta e inesperada presencia.

El de Heráclito señala que “las fuentes de la Vida aman encriptarse”.

Y aclaro, que más allá de las doxografías tradicionales, necesito precisar que esas fuentes se ocultan “en Naturaleza”.

No sólo en los árboles, por dar ejemplo donde muchos suponen; sino en la precisa Naturaleza visible e invisible de nuestra propia corporalidad.

Cada una de las fuentes de nuestras innumerables inmanencias, encriptadas.

Y en esquizofrenia, sensibles en nuestro propio cuerpo.

Por ello convinimos sin dificultades con Mónica, que resulta nuestro cuerpo el primer trazo patrimonial donde alcanzamos en confianza a recalar, para advertir inmanencias e identidades.

Que de mil formas afloran impensadas guiando eurekas de comprensión; profundos como sus paradojales y necesarios encriptamientos.

No hay análisis que pueda guiar.

Sino el amor propio; que de estas fuentes como regalo oportuno, en el dolor pujando amor y comprensión, un día inesperado brota.

Ese es el día del perdón de todos los pecados.

 

Ese mismo día 5 de Enero estaba con nosotros Lucrecia. Viuda, con una joven hija y muy en paz con sus inmanencias, acercándose de a ratos para seguir con discreta atención nuestra conversación.

Sin embargo, quiso el espíritu amical que nos reunió, que también ella quedara sorprendida al llegar el relato a un viejo café de San Telmo. Allí, por azar, lejos de su casa, el día anterior había recalado.

Un mes atrás, estando con mi amiga Odell dispuestos a desayunar, por primera vez en ese bar al que entramos por azar, nos toca en suerte quedar encantados con la mesera.

Una joven toda vestida de negro, a la que ambos no lográbamos dejar de admirar.

A tanto sentíamos atracción por esta mujer que no pudimos evitar preguntarle y confiarle todo lo que se nos ocurría en ese instante expresar.

Quedó ella sin duda sorprendida y no menos halagada.

Entre otras cosas me ví movido a confesarle que no imaginaba, en muchos cientos de metros a la redonda, a nadie con más antigüedad y con más identidad respecto del entorno.

Un entorno que se enriquecía y manifestaba desde inmanencias muy antiguas y que en nada habían dejado huellas locativas, otras que las que todo su cuerpo traducía.

Este encanto de criatura que con suavidad acompañaba nuestra requisa personal, acusó ancestralidades ibéricas.

No logré conformarme con su espontánea respuesta y apure mayores halagos a esa belleza que descubría por todos lados otros orígenes mucho más cercanos.

Quiso entonces hacer acto de presencia su callada abuela ranquel, madre de su madre. De la que esta niña cargaba monumental gracia.

Luego de solicitarle permiso y sernos concedido nos dispusimos a fotografiarla.

Pero quiso el destino que ambos tuviéramos nuestras máquinas digitales con sus baterías descargadas.

Sin embargo, un mes después ella seguía estando presente.

Y ahora venía, también Lucrecia, sin saberlo, a hacer pie en ese preciso lugar.

Un lugar entre un millón de lugares.

¡Cómo su corporalidad resultó maravillosa y la más sagrada y discreta manifestación de memoria patrimonial, casi “intangible” a su conciencia!

 

 

Tres días antes, el 2 de Enero, había estado en la fiesta de casamiento de la hija de mi más viejo amigo.

Habían dispuesto mi destino en la mesa de un grupo de desconocidos que ya había tomado su lugar y sólo quedaba una silla libre.

Así es, que sin más trámites me dí a saludar y me senté.

De inmediato sentí el placer de estar al lado de una bella señora que resultó ser viuda, de mi edad, y a la que había advertido en el jardín luciendo una única hermosa capelina de gran vuelo.

No pude resistir el deseo de conversar exclusivamente con ella.

De tal manera que pronto sentí intimidad y oportunidad de preguntarle, (luego de errar y como lo hago siempre), de dónde procedia.

Con firmeza me acreditó su origen florentino. Y no necesitó entregar más que cuatro gestos para dejar traslucir su fina aristocracia bien peninsular.

Su cultura y sus relaciones me dejaron sorprendido.

Pero fue mucho más sencillo sorprenderla a ella, cuando advirtiendo en su cabello y en su rostro a otros ancestros, pregunte por ellos.

No dudó un instante en reafirmar sus orígenes.

Y más me atrajo entonces reiterarle con sorpresa y grata insistencia, cuánto apreciaba sentir lo que en su rostro veía reflejado de otros parentescos.

No pudo entonces dejar de recordar a su abuela guaraní, de quien, entre sus 13 nietos, había sido la única en heredar el mismo lunar en el eje de su nariz.

Lunar que había extirpado; y que al parecer, este comensal que cuenta, volvía a poner en su lugar.

Alcance el lector por favor a recordar, con qué gusto hago siempre referencia a la distancia extraordinaria que media entre la punta de la nariz y nuestro rostro.

Porque a esta infinita distancia están ellos ocultos; y sin reparos, adentro y afuera de nuestro.

Tan gratificada quedó esta bellísima señora de toda mi insistencia en advertirle lo que a todas luces se advertía, que en un instante trajo a relato las trascendencias, que no dudo vinieron regaladas de esta abuela aborigen americana, y así llovieron sobre su abuelo europeo, fundador de la ciudad de Formosa y padre de sus 13 hijos.

Por estas advertencias reiteradas me cabe en señalar al cuerpo, una vez más, como el primero de los patrimonios.

El alma misma, en sus dos versiones, está allí constituída.

Y a la cultura, como el primer depósito de enredos.

Sin duda, necesitando atención y aprecio particularisimo.

Los tiempos que vienen habrán de regalarnos extraordinarios instrumentos para cultivar amorosa sinceridad interior; y de aquí, enorme reconocimiento.

 

Si bien me resulta el propio cuerpo el más sentido recipiente de inmanencias y trascendencias, acredito a los terruños ese entrañable arraigo al que ni los milenios de separacion, ni los infortunios, alcanzan a borrar.

En los terruños me cabe entonces, reconocer a un segundo ámbito de nuestros patrimonios.

Me ha tocado en suerte desde hace exactamente 25 años (bien poca cosa), habitar en un predio que reconoce permanencia de dos grupos familiares durante aprox. 335 años.

El primero, luego de casi un siglo, dona al segundo esta heredad que conservan ellos durante 241 años: desde 1695 hasta 1936.

No es poca cosa, tratándose de territorios que fueron adjudicados por la Corona en 1601.

Relatos, que de la mano de segundos y terceros me llovieron sobre la mágica condición que advertían en estos territorios, hube de compilar en mi breve texto: “El eremita”.

Por tanto, abrevio y pongo atención en la voz “metafísica”, que últimamente se me viene mostrando “intrafísica”.

Todas las manifestaciones fenomenales de las que me hablan, están tan precisamente localizadas en un lugar concreto y tan cercano, que cómo habría de anteponerles el prefijo “meta”, si están aquí.

¡A qué ignorar, que es el temor a desestructurarse reconociendo que
estas cosas pasan a menor distancia que la que tenemos puesta la nariz, el motivo por el cual usamos tan contrastante y errado prefijo?!

Señores filósofos, bajen a tierra por favor.

No se asusten de tener que ser un poco más concretos y sinceros;
aunque los tomen por locos.

De hecho, si la luz no luce en los abismos, si no hay dolor, una vela
ilumina el resto.

Señores... logos y locura van y vienen del mismo ruedo.

Si no tienen vivencias; si no acopian presiones de indecibles; a qué romperse el seso desenhebrando laberintos con justificables razones de noble pensiero?

 

Con estos locos instrumentos, advierto un tercer nivel de patrimonios, en nuestras lenguas.

Y en fugaz encuentro hermenéutico, algo nuevo y viejo, cuando terminamos aprendemos.

Algo que ayuda a enriquecer nuestra sinceridad interior.

Así por ejemplo, me ha tocado en suerte en el momento de comenzar a redactar estos textos, buscar en el erario indoeuropeo las raíces que llaman a inmanencia, permanencia y remanencia.

Espero que muchos de vosotros a los que pese sentir el frío de estos textos, me disculpen por esta vieja costumbre de medio siglo ya, rastreando inmanencias en la lengua.

No puedo resistir en este instante la tentación de traer a la memoria unos breves párrafos de David Miller, viejo amigo de James Hillman, que dicen:

"Ocultas tras las palabras se conservan eternas formas de humana
y medular anunciación; pautas y paradigmas de psíquica significación.

El Dios y las Diosas son allí nombradas.

En busca de la historia de las palabras (el relato de sus mitos), uno adentra, cual si fuera la primera vez en plena conciencia, la evolución medular de lo anunciado.

Etimologías que lucen como terapias diferenciando lo que es profundo y colectivamente inconciente.

Una etimología puede, potenciando así, relevar las represiones de fantasías sobreracionalizadas, proveyendo nuevos y compensatorios recursos, en sentidos tan profundos como los sueños".

A mi larga soledad estos placeres.

Enorme simpatía y valoración de lucidez por su trabajo, a Mr. David Miller.

Siento que a estas maravillosas advertencias todavía y siempre les cabe la más particular y preciosa personal localización.

Pues es allí donde esa anunciación alcanza su mayor sentido.

Por ello, de los contenidos que me regala la raíz indoeuropea en sus tres campos de sentido;

recojo referencias de men-1: al “pensar”; a “lo dispuesto”; a “lo automático”; al “estar fuera de sí”; a “las ménades”; a los “mentecatos, vehementes y dementes”; a las “manías” y a la “Mántica”;
al “amonestar”; a “los monumentos”; a “la música” y a “las Musas”; al “recordar” en fin; a “la amnistía”; “la mnemesis” y a su fusible “la amnesia”.

De men-2: “al proyectar y el ascender”; a “las almenas”; a “lo inminente” y a “lo eminente”; “al mentón”; al “montar”; al “montaraz”; “al monte” y al “promontorio”

Y por fin, en el men-3: “al quedarse”; “al permanecer”; a “lo manido”; a “la manida”; a “la guarida”; a “la estancia”; a “la masada, la masía, la mansión”;
“al manir”; a “lo manso”; “al menaje”; “al amainar”; “a lo inmanente”,”lo remanente” y “a los remansos”.

Con estos recursos que la linguística histórica regala a nuestra frágil memoria, hasta un epímone estallaría en mil fragmentos y haría que el fuego encerrado en el alma de la enmudecida piedra, salga disparando a hablar.

 

Sin embargo, es del vasco primigenio, el tercer patrimonio más vivo y memorable de mis ancestros, en las voces “irau, iraula, iraulde, iraulgi, irauli, iraulki, iraultze, iraun, iraungi, iraunkiro, iraunkor, irauntsi, irauntz” donde resuenan los ángeles y demonios que me recuerdan y asistieron cuando mis rodillas un día se clavaron en el suelo.

“Desde las afrentas, las injurias y la ira; al rocío del Alba; desde el basurero al aire libre, al cultivo de las tierras; desde la generación de razas y linajes, hasta los revuelcos del transporte en tanto es cernida la harina de la reconversión...

la perseverancia, la constancia, el soportar, el sufrir, el apagar, el apaciguar, el calmar, el consumir, la duración, el insistir, lo duradero...”

...si no están aquí los meollos que me hacen sentir toda clase y mis más propias inmanencias e incluso, de mi propia historia personal;

dime lector, ¿fuera de este cuerpo, de estas tierras y de mi habla, dónde habría de hallarlas?

Con cuatro letras iniciales prietas y breves sufijaciones, me ha dado el
vasco mil vueltas en el lugar donde muerto, resuscitando y con trabajos de niño, naciendo sostenido vengo.

 

Pulsiones en el habla que fluyen y verban del alfa al omega; y donde sobran reflejos de inmanencias.

Personales e impersonales.
Patrimoniales y Matrimoniales.
Tangibles e intangibles.
Descendiendo y trascendiendo.

Cabe ponerles nombre.
Y eso es tarea de cada hombre.
Si el espíritu vincular así te lo propone y en día afortunado con hojas sueltas te lo dispone.

Decir intangible es decir “patrimonio”
Decir “raíz”; decir “identidad”;
decir “inmanencia” y “permanencia” es referir a los intrascendentes
e impersonales marcos parentales.

Tan radical enunciación cabe con toda intención y precisión, para acreditar el mayor valor que éstos alcanzan cuando laten en completa discreción.

Una vez que somos elegidos por el espíritu del amor (vincular), a qué imaginar necesario trasmitir lo que a todas luces luce generoso y maravilloso; siendo su silencio el que mejor nos dispone para abrirnos al amor vincular.

Mercedes que quedan en manos de este espíritu, que de sobra conoce el valor de nuestros cimientos y por ellos nos elige.

A cambio de su ilusión de ventilarnos y en algo nuevo transformarnos, no hablemos de ellos sino construyendo con la resistencia, la persistencia, la insistencia, la consistencia, la asistencia, la subsistencia de su mayor nobleza.

El reconocimiento íntimo de los cimientos es tarea interminable y común en los desiertos.

Desiertos que con la edad casi todos conocemos.

El gozo íntimo que viene de los cimientos es ese temblor suave que llamamos fecundidad.

Fecundidad que siempre viene anticipada por la mujer amada y bien acariciada por los sueños.

 

Paisajes del diafragma

Bastaría con vivir algunos descalabros y localizaciones que narro, para patenciar que Cuerpo y Alma,
son una sola y la misma cosa.
Con lugar suficiente para hospedar amores :

transitivos e intransitivos;
vinculares y parentales;
constituyendo trascendencia
en constituídas inmanencias;

vientos para autoestima
y cimientos para amor propio

arriba y abajo,
espíritus y savias.

Espíritu Persona y E-Go Profundo
personalidad y profundidad en E-Go
ex-sistencia e in-sistencia
presunción y sub-sistencia
autoestima y amor propio
femenino y masculino
lo visible y lo oculto
aliento y seguimiento
Psijé y Eros
mar y monte


De su unión nace una hija llamada Placer.
Sus abismos encimados engendran Bi-os.
Su fotosíntesis genera verdura.
Sus apareamientos, prodigalidad.

Sus separaciones, desierto; y sol por donde desciende sabiduría.

Antiguos Paraísos perdidos que solicitan y asisten nuestro trabajo “poético”.
Aquí: afectividad, espontaneidad,
privacidad... y tus manos,
...te bastarán.

Primarios embelesos de arquetipo colectivo que un día, más allá de la
locura, en la Aurora nos descubre criaturas;

y ella misma,
personalísimo arquetipo vincular;
donde relativo y absoluto se tocan
y buscan reencontrar.

 

La ley del “nada se pierde, todo se transforma”, resulta obvia cuando razón parental y razón vincular rescatan en aprecios cercanía.

Bastante, empero, amenaza perderse cuando estas razones luchan
y divorcian.

Aquí tallan, aun desde supuesto olvido, ocultas, las arcas.

Que más allá y más acá del viento, las raíces y las savias, aunque siempre ocultas, sostienen en esfuerzo permanente guardia.

Psijé, el espíritu que sopla, alienta y trasciende al parecer todas las esencias, no puede impedir frente a la muerte que aflore finalmente lo inmanente en nos; y de mil formas nos cimiente, nos irrigue y silencioso sea:
“res” medular; “carne sensible”, en más que un eurístico presente.

 

Colofón

Terminé de redactar estos textos que intentan acercar localizaciones de las esencias radicales y su entidad dependiente del espíritu vincular, el 8 de Enero del 2005; dando de inmediato, en esta antigua isla de Naturaleza, lugar a su edición.

Son ya 25 años pasados de aquel 6 de Enero de 1980 cuando en suerte me tocara entrar por vez primera a este terruño entrañable.

A todos los que visiblemente me amaron e invisiblemente me sostuvieron, conciente o no de ello, por ellos aún permanezco y quiero

Video sobre los paisajes del diafragma